En los últimos años de vida de Jacob, Palestina sufrió una hambruna atroz. Sus gentes atravesaron el desierto para emtrar en Egipto a comprar trigo. La hambruna duró siete años y los clanes de pastores cananeos, hoy palestinos, encontaron a precio de oro grano para no morir de hambre, ellos, sus ovejas y vacas, sus asnos, sus mujeres y sus niños. La apariencia humana de quienes establecen la política del estado de Israel, deja caer toneladas de explosivos fabricados en Estado Unidos, en Europa y en Asia sobre los clanes sucesores territoriales de los cananeos que entraron en tierras del faraón a salvar sus vidas de la muerte por la hambruna. Y, mal nacidos, cierran sus fronteras, con aquiescencia de los musulmanes de los países del entorno, impidiéndoles buscar qué comer. Los cafres que tal hacen, sus soldados, los hipócritas políticos que discuten las comas de las directivas del consejo y del parlamento para que se defeque dentro de los limites que, los burócratas que los asisten, estiman aceptables a sus pituitarias puritanas arrodillados ante los CEOS de la industria armamentística norteamericana y los iluminados investigadores de las mercancías de la muerte, junto a los clérigos de las diversas confesiones que lamentan los famèlicos muestrarios de noticiarios que engrosan audiencia a su costa, pero que solo han entrado en terreno gazatí cuando han bombardeado un templo cristiano. No está de más recordar a Pio XII en las calles de Roma cuando los alemanes iban a destruirla bombardeandola. ¡Ojalá las pústulas hagan de vuestros cuerpos una sola llaga que solo los millones de mascotas de nuestros tranquilos territorios puedan lamerlas para aliviar su insoportable dolor!, Los niños asesinados por vuestra decisión y vuestros dólares, ese día, acariciaran a los perros en el seno de Abraham!. Alberto Revuelta