La sentencia que condenó el delito de revelación de secretos atribuido al Fiscal General del Estado lo hizo al entorno del mismo al no haber una prueba directa y de convicción concluyente que permitiera concretar en su persona la comisión del delito. Pudo ser él o alguien de su entorno. Seguridad jurídica perfecta y apodíctica.
La sentencia en el caso mascarillas por corrupción y otros delitos de un ministro del gobierno del Reino, un escudero apalafrenado y sin yelmo les ha condenado a prisión de largos años a ellos dos y al corruptor que ideó el tinglado le han animado a que sirva un año al entorno comunitario y no entre en prisión porque delató a la pareja del trío y pactó con el famélico fiscal anticorrupción, tan contento el hombre de echar una mano con los magistrados al ejemplo de delincuentes jóvenes que “largando” permitirán a los reincidentes y sicarios no entrar en prisión. Bastará con que confiesen al fiscal, con toga y puñetas, eso sí, sus delitos y los de sus camaradas.
Durante mi trabajo en Tribunales de Menores, antes de que los convirtieran en juzgados unipersonales, dirigí un centro de diagnóstico de infractores juveniles, vulgo reformatorio. Allí me curtí en lides de relaciones de camaradería delictual: lo más malísimo malvado que un chaval del gueto delincuente podría hacer era dar el cante, chivarse, delatar.
La democracia, los fiscales pactistas y de ofertas amazon o de rebajas de julio para ladrones de bulto, con magistrados suspende penas a los cantores de hispalis o de transportes vía uno desde Ferraz a Soto del Real, con parada y fonda en las Salesas, supongo que ha cambiado mucho el ambiente. Entonces respetábamos (digo bien) los silencios pues entendíamos que estábamos en orillas enfrentadas y ganarse la confianza de aquellos prendas requería una cierta caballerosidad NO obligándoles subrepticiamente a beneficiarse de dinero u otras gabelas a costa de vender a sus camaradas pro tempore. Por cierto al magistrado al frente del juzgado que sustituyó el tribunal de menores, por ordenar ingresos para quebrar el silencio convencional en celdas a algunos de aquellos corajudos delincuentes, lo suspendió el Consejo Superior en del ejercicio de sus funciones y hubo de irse a más mullidos bancos. Había señorío en los vocales de los Tribunales de Menores, en los maestros de los reformatorios, en los civiles de segunda actividad que se ocupaban de la seguridad y en quienes bregábamos con tantas vidas rotas antes de los 18 años. Ajrl