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“Dime cual es tu relación con el dolor y te diré quien eres”, escribió Ernst Jünger. La dureza de la realidad es una parte muy notable de la misma.  Los trenes volcados en los campos de Adamuz nos avisan de esa terrible dureza a la que hemos declarado ausente de nuestras vidas porque la ciencia y la técnica nos engañan al anunciarnos con insistente cantinela que domeñamos lo real. La desdicha de la catástrofe no esperada nos enseña de golpe que no es cierto que somos dueños de la realidad, de la técnica y de la vida. Entre los rieles y las traviesas de las vías de alta velocidad sé nos ha hecho presente la enorme fuerza, gélida y crudisima de un mundo ensamblado en un mecanismo ciego. Ciegas son las leyes de la naturaleza. No hay casualidades. Hay causalidad.

La cháchara informativa apabullante y constante de estos días para no dejarnos ver el dolor candente de familiares, amigos, amantes, deudos de los muertos, exige silencio si queremos aprender y comprender. Sobre es silencio escribe Nietzsche: “A su alrededor – al afectado por esa realidad tremenda– todo se vuelve silencioso, las voces suenan siempre más lejanas, los rayos del sol caen en picado sobre su cabeza”. Un gran silencio permite callar y contemplar. Solo así podemos comprender. Ajrl