POR EL ARROYO DE CAÑUELO (2).

Hemos quedado en la hacienda San José por el camino de barro y piedras que lleva a Bolonia. Carriles de tierra batida que en otoño y primavera, las lluvias hacían intransitables. El teniente, más listo, ha venido en su yegua por la playa desde Los Lances en Tarifa. Servidor en moto campera de rueda y guardabarros alto. La hacienda estaba en el desvío de la N-340 hacia Bolonia y se trataba de un cortijo que criaba ganadería y cultivaba los que abundaban en el término de Tarifa uno de los más extensos de España. El edificio mayor construido en U con patio, palmeras, granero, capilla neogótica y torreón decían que había sido construido a finales del siglo XIX. 

El hospital de sangre de Tarifa, un edificio cercano al castillo de Guzmán el Bueno, al que los llanitos llaman “Guzmán el very gud”,  tenía dependencias para ancianas que se valían y otras, la mayoría, con demencia senil; una grande para hombres mayores, a los que sor Carmen levantaba a las cinco y media para baldear, ventilar y vestirse y poder hacer las camas entre ella y Luz y que ellos fueran a desayunar o a la capilla o irse a la calle a echar el dia por el pueblo; casa de socorro y sala de enfermería provisional, paritorio, quirófano, colegio de niños chicos y otro de niñas de primaria y adolescentes. Depósito de cadáveres. Y servicio de noche para urgencias. Personal: ocho hermanas, un practicante, otro de la Asistencia Pública domiciliaria, dos médicos (pediatra uno, ginecólogo otro) y los dos de Beneficencia que residían en el pueblo, que contaba con 16 mil almas, chispa más o menos, incluyendo el campo y las cortijadas. Era propiedad de la diócesis de Cádiz, procedente de una fundación del siglo XIV, con patronazgo de San Bartolomé. Allí, hacia quince días mal contados desde la tarde en que el teniente y servidor esperábamos al juez, habían traído desde Facinas a dos hombres que trabajaban en una hacienda cercana al puerto, heridos ambos de arma blanca, con daños de consideración y a quienes tras el parte médico y recomponerse un tanto había interrogado el propio teniente en el hospital y firmado el atestado lo había entregado en el juzgado comarcal, en La Ranita detrás de la Iglesia mayor. El juez nos había citado esa tarde para la inspección ocular y porque, según rumores, podía haber sorpresas.

Citación judicial era un decir. El juez se pasaba al terminar en el juzgado ya cerca de las dos por el hospital: “Algo de particular?”. “Todo del seguro, don Benito, todo del seguro”. Entonces invitaba al aperitivo en casa Donda, de camino al casino junto a la iglesia mayor. Y allí nos había citado cuando apareció al rebujo, el teniente de línea y el sargento que le acompañaba. Conforme a derecho, pues. Tarifa tenía juzgado comarcal, por la Ley de 17 de julio de 1945 sobre Administración de Justicia que había agrupado varios términos municipales pequeños en una «comarca judicial» situando a un juez comarcal al frente de todos ellos. Juez comarcal que tenia más categoría de juez de paz, pero no era un juez de 1ª Instancia. En 1967 Tarifa tenía Juzgado comarcal que, entre otros asuntos, instruía las causas penales leves y se hacía cargo de las primeras diligencias en casos graves por lejanía del juez de instrucción y delegación de éste. El entonces juez comarcal lo compatibilizaba con la dirección del gran grupo escolar de Tarifa. A él debíamos esperarlo en el cruce del desvío a Bolonia, casi frente a la venta del puerto de Facinas. Alberto Revuelta