Hablar del PSOE en Almería es adentrarse en un territorio donde las decisiones políticas, los silencios internos y los equilibrios orgánicos acabaron pesando más que cualquier proyecto de futuro. El caso del Algarrobico marcó un antes y un después: aquel macrohotel levantado en pleno Parque Natural de Cabo de Gata, a pocos metros de la lámina azul del Mediterráneo, se convirtió en un monumento a la incoherencia y en una señal imborrable para varias generaciones de votantes socialistas que nunca entendieron cómo su propio partido podía avalar un disparate urbanístico con todos los sellos y firmas necesarios.
Ese episodio, gestado desde la agrupación de Carboneras con el alcalde Cristóbal Fernández como figura clave y bendecido desde Sevilla por pura aritmética interna, dejó una cicatriz política que el partido jamás logró cerrar. Ni siquiera el recorrido de figuras solventes como los alcaldes de Almería Santiago Martínez Cabrejas o Fernando Martínez fue suficiente para restablecer la credibilidad perdida, porque la mancha del Algarrobico se convirtió en un recordatorio permanente de cómo se gestionaba el poder cuando el territorio se subordinaba a intereses internos del partido o a dirigentes muy concretos y nada ejemplares por cierto, el alcalde Fernández tuvo que ser indultados por José Luis Rodríguez Zapatero para poder volverse a presentar y seguir en la política local.
En el verano de 2014 con Susana Díaz al mando desde San Telmo el nivel de enfrentamiento con los socialistas carboneros alcanzó altas temperaturas políticas.
El PSOE entró desde entonces en una fase descendente. Mientras la derecha ampliaba su control institucional mediante pactos, partidos satélite, alcaldías encadenadas y un dominio absoluto de la Diputación, el socialismo almeriense malgastó una década en conflictos internos, disputas estériles, cazas de brujas y un desgaste moral que lo convirtió en actor secundario en su propia provincia.
Solo podía manejar la Junta, pero eso tenía sus riesgos y complejidades. Martín Soler Márquez fue durante años el responsable de una etapa que la mayoría de socialistas quieren olvidar. En la gestación de la omertá política almeriense, Soler y Gabriel Amat superan con creces las pruebas de paternidad política con el 99%.
La fractura fue tan profunda que, cuando la derecha desplegó todo su aparato de poder, el partido socialista estaba demasiado debilitado como para plantar batalla real. Para colmo, su secretario general —sucesor del sucesor del poderoso Martín Soler—, José Luis Sánchez Teruel, un dirigente de perfil bajo, apareció salpicado en el Caso Marismas, una instrucción que sigue viva en un juzgado de Sevilla y que busca unos 45 millones de fondos europeos en las marismas sevillanas. Sánchez Teruel era director general de Regadíos de la Junta cuando las millonarias adjudicaciones de las obras recayeron en la empresa que quería el Gobierno andaluz, Dragados.
Pero para explicar por qué el PSOE no logró reaccionar, tampoco puede ignorarse el clima institucional de la provincia y el funcionamiento de determinados juzgados, cuya actuación ha generado perplejidad durante años, pero especialmente una profunda decepción al comprobar actuaciones inexplicables. Capítulo aparte merecería explicar los métodos empleados habitualmente por la política para ganarse la simpatía de ilustres togas. El más comentado en Almería es la colocación de familiares de jueces y magistrados en la administración pública, con plazas a medida.
En este contexto adquiere especial relevancia lo sucedido en el juzgado donde se instruía desde febrero del 2022 la causa del caso mascarillas. La titular del órgano judicial, prima de Javier Aureliano, mantuvo el procedimiento prácticamente inmóvil durante tres años. Tres años sin avances sustanciales en un sumario que hoy sabemos que contenía indicios de enorme gravedad desde el inicio. Como también sabemos hoy que los investigados habrían seguido actuando después del año 21 como si fuesen una organización en marcha.
La paralización prolongada resulta, como mínimo, difícil de justificar cuando se trata de una instrucción con implicaciones políticas y económicas de tal magnitud. Y más llamativa aún resulta la reacción posterior. Solo cuando el caso estalla públicamente, cuando la UCO irrumpe con un nuevo juez sustituto, cuando se producen detenciones de primer nivel y cuando el eco mediático se hace inevitable, la jueza comunica que regresa con el alta de su baja laboral y, acto seguido, anuncia su intención de solicitar la inhibición a la Audiencia por su relación de “amistad íntima” con JAGM. Así, el juez que ordenó las detenciones, «el niño de Ecija» como empezaron a llamarle algunos con retranca, desaparece de la escena y se le asigna el caso a una toga veterana de Almería, figura destacada de la APM y que ya ha tenido ocasión de instruir sumarios por corrupción en la Diputación de Almería.
Que la jueza se inhiba ahora y no al comienzo —sabiendo desde el primer minuto su parentesco directo con uno de los protagonistas principales de la trama— abre interrogantes que deberían ser aclarados. No se trata de sospechas ni de insinuaciones, sino de hechos objetivos: tres años de instrucción detenida y una inhibición tardía que llega cuando el caso ya es incontrolable. Ese retraso compromete la confianza institucional.
En una provincia donde la ciudadanía arrastra décadas de desconfianza hacia determinadas actuaciones judiciales, este episodio no puede quedar sin revisión. El Consejo General del Poder Judicial debería examinar con rigor qué ha ocurrido en ese juzgado, por responsabilidad institucional y por respeto a los ciudadanos de Almería, que merecen garantías plenas en una causa tan sensible. No sería la primera vez que el CGPJ interviene en Almería con su Servicio de Inspección para revisar procedimientos o juzgados, como ya ocurrió cuando se detectaron conductas impropias en la época de Poniente.
Mientras todo esto sucedía, el PSOE permanecía paralizado, atenazado por sus propias contradicciones y sin capacidad real para reconstruir una alternativa sólida frente a un PP que actuaba como una maquinaria perfectamente engrasada. Perdió pie en las instituciones, perdió base electoral, perdió narrativa y, sobre todo, perdió la autoridad moral que alguna vez tuvo. Que Pedro Sanchez y otros socialistas de vara alta hayan elegido Almería como su habitual lugar de desconexión en verano, tampoco invita a pensar que haya ayudado mucho a levantar al maltrecho partido. Así fue como la provincia quedó, en la práctica, entregada a un poder hegemónico sin contrapesos reales.
Pero incluso los sistemas que parecen indestructibles acaban mostrando grietas cuando menos se espera. En Almería, esa grieta se abrió de golpe cuando la investigación iniciada fuera de Andalucía se cruzó con la política provincial y puso patas arriba un equilibrio que se había mantenido intacto durante décadas.
Próxima entrega:
“El nuevo estallido: mascarillas, UCO y el juez que rompió el blindaje histórico”.
Una reconstrucción precisa de cómo un sumario nacido lejos, un juez inesperado y unos movimientos judiciales sorprendentes hicieron saltar por los aires un sistema político que creía tenerlo todo atado y bien atado.
Si uno quiere entender por qué la derecha continúa mandando en Almería con una comodidad casi fisiológica, debe repasar una historia que la mayoría prefiere olvidar: las guerras intestinas del Partido Popular almeriense. Fueron guerras duras, de navaja afilada, pero con un desenlace que pocos imaginaban mientras ardían los despachos: el PP salió de todas ellas reforzado como partido, más grande, más unido y, sobre todo, más controlador.
Para ello hay que recordar que el PP en Almería no siempre tuvo una única cara. Hubo un tiempo en el que convivieron varias derechas a la vez, todas alimentadas desde el mismo tronco, pero operando con siglas diferentes para asegurar el poder institucional en todos los frentes. Al final les separaban solo viejas rencillas, quizás disputas en repartos, pero lo importante era lo que había que cuidar y mimar, porque a todos les daba de comer.
La primera gran ruptura fue la de Juan Megino, que después de ser alcalde bajo las siglas del PP decidió levantar un partido nuevo: el GIAL. Aquella primera campaña electoral, con Megino posando en los carteles luciendo un Rolex de oro, sintetizaba perfectamente la estética política de la época: poder, músculo económico y cero complejos. No fue una ruptura ideológica; fue una disputa personal por el control del espacio político y el poder real, especialmente el que en ese momento te daba controlar el Urbanismo en una Almería con mucho suelo por edificar y varios Toblerones que derribar.
Después vendría Juan Enciso, alcalde de El Ejido, que se marchó del PP cinco minutos antes de que se produjera su expulsión y decidió adelantarse dando un portazo y creando luego el Partido de Almería, PAL. Fue un gesto calculado, una retirada a tiempo, propia de quien conocía perfectamente cómo funcionaban las estructuras internas del PP almeriense con Gabriel al mando. Enciso, que aspiraba sin disimulo a disputar el liderazgo provincial a Gabriel Amat después de que Javier Arenas le proclamase públicamente como “el mejor alcalde de España”, abrió la puerta a la mayor guerra civil que ha visto la derecha almeriense. Una batalla política, económica y personal entre amigos de décadas, socios en negocios, compañeros de partido y rivales por la misma silla.
Convendrá dejar sentado que, en el fondo, la Operación Poniente se hace realidad gracias a papeles confidenciales volanderos – el llamado Informe Pícaro entre otros – que Amat y su gente en El Ejido tenían en la bocamanga como arma disuasoria de destrucción de los adversario en su batalla interna por el poder. Era la típica guerra de dossieres, pero este llevaba mucha trilita dentro. El informe patrimonial del clan era bastante exhaustivo, quizás por eso fue caro, pero sufragado por un conocido empresario ejidense del PP. Quien nos lo filtró se había encargado de eliminar las páginas que hablaban de lo suyo y de su familia. Ni Amat ni su gente podían imaginar que iban a sonar los clarines antes de tiempo, sin que él levantase el pañuelo blanco. Los periodistas, soltando el escándalo sin ‘consultar’ con el PP, evitamos que todo acabase entre ellos pactado y consensuado, como en otras tantas veces.
El sistema tenía un mecanismo de supervivencia que pocos partidos han manejado con tal habilidad: los partidos fantasma. Tanto el GIAL como el PAL funcionaron, en el fondo, como satélites que orbitaban alrededor del núcleo real del poder de la derecha. Permitían mantenerse en instituciones clave incluso cuando el PP perdía votos o se fracturaba. Gracias a esos partidos, la derecha nunca perdió del todo la Diputación, ni los grandes ayuntamientos, ni las principales áreas de influencia. Las lenguas de doble filo llegaron a decir por lo bajini, sin demostrarlo, que cuando se creó Vox en Almería, el propio Amat se encargó de “empotrar” a gente de su total confianza en el partido de Santiago Abascal. Luego acabaría gobernando con ellos, no sin problemas, porque uno de los dos concejales de Vox resultó ser honrado, muy de derechas, pero honrado. Y dimitió ante extraños manejos económicos que detectó en el área de Turismo.
El PSOE llegó a actuar de comparsa en la Diputación en una de sus páginas más oscuras y lamentables. Permitió que tres tránsfugas —tres— provenientes de la derecha extrema de El Ejido (PAL) controlaran la institución a pesar de que el PP era el grupo mayoritario. Una anomalía democrática que solo se explica por los equilibrios internos de la época y por la habilidad política de quienes manejaban los hilos desde las sombras, casi siempre en beneficio propio, no de los administrados.
La figura de Gabriel Amat emerge aquí con la claridad de un faro. No hay forma de entender el poder en Almería sin detenerse en él. Presidente de la Diputación, alcalde de Roquetas, líder orgánico, referencia absoluta para Madrid y Sevilla, eterno presidente del comité electoral regional del PP-A y, ojo, “hermano mayor” adoptado por Javier Arenas, su mejor título. Pero su poder no fue solo institucional; fue también emocional. Muchos dirigentes locales, tanto del PP como de otras siglas que después confluyeron en él, orbitaban alrededor de su capacidad para ordenar conflictos, cerrar heridas y repartir espacios o prebendas. Premiar o castigar. Pactar entre caballeros, pactar incluso con dureza, pero sin ruidos. Es su lema. Su nombre levanta más miedo que respeto en muchos de los que le rodean, algo que he comprobado, cuando alguno en una charla bajan el tono al mencionar el nombre de Gabriel Amat en algún lugar público. No vaya a ser.
Recuerdo con exactitud nuestro último encuentro en el que Amat me confesó, ya cansado de tantas guerras, que su gran ilusión era ver a su querido Javier Arenas entrar por la puerta principal del Palacio de San Telmo: “Después de eso, me retiraré”, me dijo meses antes del último intento fracasado de Arenas por ser presidente de la Junta. Nunca vio cumplido ese deseo. Arenas nunca llegó a San Telmo. Pero Amat no se jubiló. Ahora pretende volver a presentarse en las próximas municipales. Y seguramente las volverá a ganar si lo hace.
El aterrizaje de Arenas en Almería, como padrino político de Amat importado desde Sevilla, fue otro movimiento maestro. Hizo las maletas en Sevilla y fijó su domicilio electoral en la provincia. En Roquetas Gabriel hasta le puso su nombre a una Avenida. Desde entonces lideró listas y marcó el ritmo de toda la organización desde Almería. Para muchos, fue el momento en que el PP almeriense dejó de ser una estructura local para convertirse en un laboratorio del poder autonómico. El político andaluz de Olvera, eso sí, cada vez que volvía de Almería a Sevilla llevaba en el maletero del coche sus bolsas negras con tomates, mucho tomate y mucho pepino de la rica huerta almeriense para el gazpacho andaluz del PP.
Los enemigos internos fueron desapareciendo uno a uno. Megino quedó reducido a un recuerdo político; Enciso acabó atrapado por Poniente y siempre estigmatizado por su papel cuando la violencia racial desatada en el 2000 en El Ejido; otros líderes fueron neutralizados, absorbidos o dejados caer. Pero el PP siempre siguió de pie. Y creció con Don Gabriel como capo indiscutido e indiscutible.
Las causas judiciales que se fueron acumulando contra cargos populares —más de doscientas, según ha presumido el propio Amat— terminaron todas del mismo modo: archivadas por jueces, casi siempre a petición de la Fiscalía de Almería con alguna sonora excepción como ocurrió en el caso Teatro Auditorio de Roquetas – obrón con un sobrecoste del 120%- o en la «Trama Amat» en la llamativa «Pieza SurPoniente», la empresa de automóviles de Amat y su familia que le vendía Audis de alta gama a las instituciones del lugar. Allí compró el Ayuntamiento de Roquetas, entre otros vehículos un coche para el alcalde por 96.000 euros, en concreto el modelo Volkswagen Phaeton L 4.2 V8 335cv Tiptronic 4 Motion.
El Fiscal Delegado de Delitos Económicos y Financieros de la Fiscalía de Almería, Álvaro Navarro García, se plantó ante un escandaloso auto de archivo firmado por la jueza Purificación Ferreiro que días antes de marcharse a otro destino decidió decretar el archivo de todo. Pero el fiscal Navarro, a su manera, dictó su veredicto y lo dejó escrito con estas palabras que bien merecen mármol de Macael, colgado a las puertas de la Justicia almeriense:
«Si nos amparamos aunque sea de forma indirecta en la proyección política de un justiciable para detener una investigación no solamente cometeremos una incorrección desde el punto de vista jurídico sino lo que es peor, ofreceremos una imagen de la justicia sometida al poder político, poniendo en serias dudas la estricta separación de poderes de la que goza el Estado español”.
“En el presente caso, habida cuenta los indicios delictivos existentes respecto del alcalde de Roquetas de MarGabriel Amat Ayllón, el hecho de que el mismo no llegue siquiera a declarar en calidad de investigado supondría constatar la existencia de un servilismo por parte de los juzgados y tribunales hacia los intereses políticos”.
“Por todo lo expuesto, interesamos se revoque el citado auto y se proceda acordar la reapertura de la causa y la práctica de la diligencia solicitada por este Ministerio, esto es la declaración en calidad de investigado de Gabriel Amat Ayllón”.
Nunca se cumplió la petición del fiscal Álvaro Navarro. Lo archivado, archivado quedó, como tantas y tantas causas por corrupción política a lo largo del último cuarto de siglo en Almería.
Las salidas judiciales y los tiempos de instrucción jugaron siempre a favor de la estabilidad interna del partido hegemónico. De vez en cuando, como un aviso recordatorio, caía algún socialista condenado. Fue el caso del ex vicepresidente de Diputación Luis Pérez Montoya o del alcalde de Albox que se hizo famoso en la provincia por haberse echado una novia en Madrid a la que contrató como asesora jurídica del ayuntamiento, gastos de viaje aparte. La provincia funcionó, durante décadas, como un cortijo político de los partidos, cada uno en sus territorios, donde cualquier sobresalto se gestionaba desde dentro, sin dejar grietas… ni rastros.
Ese sistema, que parece hoy tambalearse en el PP con el inicialmente denominado caso mascarillas, sobrevivió a todo: a las rupturas, a Poniente, al Algarrobico, a la Fabriquilla, a la crisis económica, a los Tres Reyes, a la caída nacional del PP por corrupción e incluso a sus propias guerras internas.
Por eso, lo que ocurre ahora es tan significativo. Porque esta vez la fractura no nace dentro. Nace fuera, de manera no controlada por los lugareños. Nace en un juzgado lejano al que nadie miraba y del que nadie sabía. Y afecta a nombres que parecían intocables hace unas semanas tan solo.
Pero para entender la magnitud del temblor actual, antes hay que mirar a la otra parte del tablero político. A la izquierda que, cuando más la necesitaba Almería, decidió entregarse al silencio y a pastorear los pocos prados que le iban quedando. A Gabriel Amat los socialistas siempre le guardaron distancia, el PSOE almeriense le tuvo más miedo que respeto
Para entender lo que está ocurriendo hoy en Almería hay que abrir una carpeta que sigue oliendo a pólvora, aunque hayan pasado más de quince años: la Operación Poniente. No solo por lo que significó judicialmente, sino porque fue la primera vez que una provincia entera pudo asomarse, casi de golpe, al interior de las alcobas y despachos del poder local. Poniente no fue solo un caso de corrupción. Fue un retrato íntimo, crudo. a veces grotesco y esperpéntico de lo que realmente sucedía detrás de los discursos, las fotos oficiales y los golpes de pecho dominicales ante La Divina Infantita o la Virgen del Mar.
Lo recuerdo con absoluta nitidez. Cuando como periodistas conseguimos acceder a los primeros 22 tomos del sumario que instruía la magistrada Montserrat Peña —un sumario que no cabía en una sola mesa y que parecía no terminar nunca con 544 tomos al final de todo— nos llevamos una sorpresa que todavía hoy me sigue acompañando. Esperábamos corrupción económica, irregularidades contables, contratos amañados, ingeniería financiera. Y sí, todo eso estaba. Pero lo que nos encontramos además fue algo que ninguno habíamos previsto, un retrato sociológico hiperrealista : un catálogo detallado de la doble vida de quienes administraban dinero público como si fuera suyo.
Las transcripciones telefónicas eran un universo paralelo, muchas veces flipante. Conversaciones interminables entre investigados sus amigos y compinches o con sus amantes, confesiones de despechos políticos, relatos de traiciones internas dichas desde la cama, promesas sentimentales mezcladas con contratos, adjudicaciones, favores. Todo ello aderezado con yates atracados en marinas privadas, coches de alta gama pagados con dinero que luego se justificaba como gastos de empresa, apartamentos junto al mar para mantener a barraganas a las que algunos acudían cada noche por teléfono a desahogarse, aunque no precisamente para hablar de sexo, sino para llorar sus propias guerras internas. La quiromancia y ritos de brujería blanca, también aparecía como clavo ardiendo en momentos complicados de alguno. En el fondo proyectaban la imagen de poseer almas tremendamente solitarias, profundamente infelices y tristes. El dinero no lo era todo y en este proceso quedaba más que en evidencia.
Y luego estaba el símbolo máximo del derroche: la famosa American Express de color negra, – “la negra” la denominaban- con un millón de euros como límite de gastos, utilizada con la misma naturalidad con la que uno paga un desayuno o un aperitivo en Almerimar. Tener esa tarjeta, como tenía el considerado ‘cerebro’ de la trama Poniente, el Interventor municipal Pepe Alemán Bracho, suponía también tener un mayordomo 24/7 a tu entera disposición para todo lo que pudieras desear: gestiones inimaginables, del tipo que fueran, viajes, hoteles, espectáculos, compras, museos, restaurantes… En los salones más caros de París, los más galardonados, nunca tuvo el interventor municipal de El Ejido problemas para reservar su mesa. Aquello no era ya un caso judicial. Era un hiperrealismo moral, como gastarse cerca de veinte mil euros en un pedido de caviar de Riofrío. El sumario era un espejo de la realidad.
Nada de esto, como es lógico, servía para el núcleo de la investigación penal. No sumaba delitos, no añadía cifras al fraude, no cambiaba el mapa de responsabilidades penales. Pero abría una ventana imprescindible para comprender la arquitectura mental de aquel grupo de dirigentes políticos de la derecha del Poniente almeriense. Funcionaban egoístamente, en un mundo propio donde el dinero público era patrimonio personal, la administración una finca privada y la ciudadanía un ruido de fondo que apagaban por las buenas… o por las malas. El contraste entre sus excesos y la realidad de los pueblos y pedanías del Poniente, con familias trabajando desde la madrugada en los invernaderos, nunca les arrancó la menor reflexión. Y no hablo solamente de los emigrantes bajo plástico, víctimas en el 2000 de verdaderas cacerías humanas nocturnas cuando literalmente El Ejido ardió durante días tras el asesinato de una joven del pueblo por un magrebí, chispa que desencadenó todo..
Tras nuestra denuncia periodística el Día de los Enamorados de 2008, le siguió una atropellada personación en Fiscalía de IU y del PP denunciando formalmente la trama que se adivinaba tras la documentación publicada. Nadie esperaba que la sociedad civil se movilizase. Pero lo hizo a su manera en este caso. Y supo sacar provecho a los primeros compases del activismo ciudadano que se abría paso en Internet a través de blogs abiertos a comentarios libres. Aquello fue una pequeña revolución en nuestra primera década, una instrucción judicial narrada en tiempo real o casi.
Cuando estalló el 20 de octubre de 2009 la Operación Poniente, el 8 de noviembre, los periodistas del diario «Ideal» Miguel Cárceles, Quico Chirino y José Mª Granados firmaban una información en la que contaban que «La Operación Poniente lleva colgada en un blog de internet desde principios de año» (…) «Operación Topolino ofrece algunos datos de la presunta trama corrupta de El Ejido utilizando nombres del cuento Alicia en el País de las Maravillas». Efectivamente, todo cuanto se publicaba allí estaba encriptado bajo nombres del cuento de Alicia. Pero a los miles de lectores diarios de El blog de Topolino les interesaba más el pecado que el pecador, exactamente los hechos que se investigaban bajo secreto judicial. Y allí se apuntaban posibles hechos y nombres con sobrenombres, pero perfectamente identificables por los paisanos ejidenses. Algunos de los que escribían sus opiniones en el blog, horas antes, habían estado con la policía Judicial contándoles lo que querian saber como testigos. Entre ellos muchos trabajadores de ElSur. Aquello generó cierta histeria colectiva, como luego se comprobaría al oir las charlas grabadas por la Jueza.
En respuesta, el clan corrupto investigado no dudó ni un momento en emplear sus medios públicos a la desesperada contra quienes, sin tener información privilegiada, sabían de sobra lo que la Justicia se estaba encontrando en los sótanos del Poniente. Lógico, era vox populi, lo hacían todo con descaro y a la luz del día. La emisora municipal Radio Ejido y la cadena provincial de emisoras de la Diputación ACL Radio —actualmente Dipalme Radio— con el PSOE en la sombra, totalmente cómplices y callados, fueron durante meses los martillos pilones empleados sin piedad contra todo el que osara opinar contra los corruptos y sus protectores, ya fuese político, empresario o periodista.
Por su parte, el canal privado de tv controlado por el PAL, denominado Ejido TV, cuyo propietario y director editorial era José María Díaz, hermano de uno de los tres tránsfugas del PAL socios del PSOE en Diputación, se utilizó singularmente para emitir reportajes «de investigación» contra Gabriel Amat, sus socios y familiares, decían, metidos en negocios poco claros o nada transparentes. Siendo muy graves las cosas que denunciaron contra Amat, algunas de las cuales acabarían años después negro sobre blanco en papeles judiciales, los reportajes de Ejido TV fueron pólvora mojada, sin efecto alguno. Amat nunca se querelló, algo raro desde luego. Solo anunció demanda en una ocasión, cuando «la voz» de Enciso y su ideólogo Pepe Añéz en Radio Ejido, director de la emisora, dijo que Amat y su familia tenían dinero oculto en Gibraltar y en otros paraísos fiscales. Años después más de uno podía relacionar las evasiones del empresario hotelero Miguel Rifá, con estos rumores ya que Rifá era socio del sobrino más emprendedor y rico de Gabriel Amat.
Nunca escuché tan cabreado e indignado a Amat como aquella mañana al teléfono, cuando me pidió la grabación para «querellarme contra esos canallas mentirosos». Nunca lo hizo. Lógico, en esos primeros compases de la O.P la atención mediática y ciudadana, escandalizada, siguió concentrada en Juan Enciso Ruiz y los saqueos de su banda; un grupo de desalmados que al final se comprobó que lo tenían engatusado, neutralizado, engañado en muchas decisiones, pero loquito de contento con las obras de ampliación en un cortijo/bodega de su propiedad en un pueblito de Las Alpujarras. Pero aquella contraofensiva de Enciso contra Amat desde la tele local de sus amigos del PAL, dejó un poso inquietante sobre el líder de la derecha en Almería, el PP, su familia, sus socios y sus manejos o negocios en el sector inmobiliario y urbanístico. Y eso lo contaban nada más y nada menos que flamantes ex camaradas de partido, quienes hasta hacía bien poco habían pertenecido al PP de Amat y Arenas y no como simples militantes de base. Juan Enciso no fue un cualquiera en el PP de Almería. Arenas lo había llegado a bautizar tiempo atrás como «el mejor alcalde de España». Años después, de todo eso que sacaron a la luz los imputados contra Amat desde la tele de los hermanos Durán, se hablaría y con detalle en el procedimiento que se conoció como la «Trama Amat» ( también archivadísimo) y que impulsó en los tribunales como casi todos los procedimientos anticorrupción en Almería una asociación civil y apartidista denominada AMAyT, nombre nada casual que partía de un rebuscado «Asociación Mediterránea Anticorrupción y por la Transparencia», el acrónimo resultante era AMAyT que les sonaba familiar, a pedir de boca. En el fondo eran un puñado de locos por la higiene democrática de Almería, sin un euro para pleitear, barreras que jueces subían o bajaban a su antojo, luchando contra los molinos de viento de todos los tamaños. El final era el esperado: El ratón nunca caza al gato. Las venturas y desventuras de esta asociación, denunciante de infinidad de casos ante los fiscales de Almería, (o Granada) resumiría con bastante detalle las rutas empleadas por la corrupción y sus autores en aquella provincia.
Aquel sumario del Poniente reveló también el papel, no menor, de la multinacional andaluza Abengoa en los manejos de la trama delictiva. Felipe Benjumea Llorente, representante de una poderosa y respetada saga empresarial sevillana, aparecía en el epicentro de unas operaciones que jamás se habrían podido tejer sin la complicidad mutua entre poder político (por supuesto también la Junta del PSOE que agasajaba a todos en la Feria de Abril de Sevilla) y los más altos ejecutivos del entramado corporativo. Recuérdese, Abengoa, un grupo empresarial con expolíticos de pelaje bipartidista en su Consejo de Administración. Abengoa, que entonces era gigante y hoy es un derribo, representaba perfectamente ese vínculo simbiótico —y tóxico— entre lo público y lo privado. La empresa semipública El Sur de El Ejido era eso: dinero público que se llevaban los ejecutivos de la multinacional privada y sus compinches a través de subcontratas a medida. Un saqueo de libro.
Los años pasaron, pero la Operación Poniente siguió avanzando lentamente, casi a paso de tortuga boba. La Agencia Tributaria, en la Hacienda del presidente Mariano Rajoy, con un tal CristóbalMontoro de ministro, desesperaba al fiscal Jesús Gázquez esperando informes tributarios que tardaron años para afinar las acusaciones finales que debería sostener el Ministerio Público en la lejanisima vista oral. Quince años tardó la Justicia en hablar, y aún hoy hay recursos rodando por el Tribunal Supremo. Mientras tanto, miles de informaciones periodísticas detallaron cada esquina, cada conversación, cada reintegro, cada adjudicación, cada delirio diurno o nocturno de sus protagonistas. Pero lo más importante no fueron los titulares. Lo importante fue la radiografía.
Poniente nos enseñó algo que muchos no quisieron ver: la corrupción no era episódica ni excepcional; era hereditaria. Se transmitía como un relevo. No importaba la edad, la generación o el aula política a la que pertenecieras. El sistema absorbía y formateaba a cualquiera que entrara.
Por eso, cuando ahora vemos a jóvenes dirigentes —muchos preparados, formados, con carrera— protagonizar los nuevos escándalos, no sorprende tanto la conducta como la lógica. Repiten patrones que no inventaron. Se suman a un juego que ya estaba diseñado antes de que ellos aprendieran a usar la brocha y el cubo de cola, pegando carteles de los muy veteranos y legendarios Luis Rogelio Rodríguez-Comendador o del paracaidista Rafael Hernando. Y se integraron con la misma comodidad que sus predecesores. No es vocación. Es herencia.
La Operación Poniente dejó claro que en Almería existía un subsuelo político donde los códigos morales eran sustituidos por otras normas: lealtades secretas, pactos invisibles, favores cruzados y un control férreo sobre la Diputación, auténtico corazón financiero público de la provincia, -después de Cajamar, el cooperativismo más capitalista y duro- el gran botín público del que sacar y saquear. Ese subsuelo nunca se desmanteló. Sólo cambió de manos y de generación.
Hoy, cuando vemos a la UCO entrar en oficinas públicas y llevarse documentación bajo el brazo, es imposible no recordar aquellas primeras cajas del caso Poniente la fresca mañana de un 20 de octubre de 2009, aquellos primeros teléfonos pinchados, aquellos primeros sobres reciclados como pruebas. Todo lo que se está descubriendo ahora es hijo directo de aquello.
La Operación Poniente no terminó. Simplemente mutó.
publicado originalmente En el confidencial Andaluz
Vuelvo a escribir sobre Almería porque lo que ha estallado ahora no es una noticia más, ni una pieza suelta del engranaje político andaluz. Lo que ha estallado es la demostración de que una estructura que lleva décadas funcionando en silencio ha terminado, por fin, dejando rastro. Y lo hace en un momento en que muchos creían que la provincia había pasado página, que las viejas historias del Poniente quedaban lejos, archivadas, enterradas en sentencias semi olvidadas y broncas internas del pasado. No es así. La realidad acaba siempre encontrando el camino.
El detonante de todo no nace en Almería. Nace en Barcelona, en una investigación por narcotráfico y blanqueo de capitales donde una jueza instructora, escuchando conversaciones aparentemente ajenas al asunto principal, detecta indicios de operaciones sanitarias sospechosas: mascarillas, material de protección, contratos inflados, movimientos extraños de dinero. Ese hilo, que parecía menor, conduce directo a Almería. Y allí se desata la tormenta.
De un solo disparo, la UCO se cobra dos piezas de enorme relevancia: al presidente de la Diputación de Almería y al presidente provincial del Partido Popular. Dos cargos que no son solo puestos políticos sin relevancia, sino piezas clave de una red de poder que domina la provincia desde hace décadas. La sorpresa en Sevilla y en Madrid fue inmediata, pero no debería haberlo sido. Basta mirar atrás, al menos en Sevilla, desde el mismísimo balcón barroco de San Telmo.
Lo que ocurre ahora no es un accidente. Es la continuación natural de una cultura política, económica y social que convirtió a Almería en un territorio donde la impunidad ha sido más norma que excepción. Lo vimos antes. Lo vivimos antes. Lo contamos antes. Y, sin embargo, el país vuelve a descubrirlo como si fuera nuevo. Distintas camadas con los mismos collares, con mucha prisa por crecer y con demasiada voracidad por el dinero.
A nadie se le puede escapar el simbolismo de una provincia por la que han desfilado, durante años, todos los ministros de Justicia del PP —Alberto Ruiz-Gallardón, Rafael Catalá— caminando orgullosos del brazo de Gabriel Amat por Almería, reuniones con la judicatura, la abogacía y la Fiscalía local, mientras los juzgados de Roquetas llegaron a acumular más de doscientas denuncias relacionadas con su gestión. Amat presume de que todas fueron archivadas. Más de 240. El número no es un dato menor. Dice mucho más que todas las notas de prensa juntas. Quizás el caso de La Fabriquilla es donde Amat se movió en el filo de la navaja judicial, pero al final nada pasó, solo nos dejó la única imagen existente del líder almeriense del PP entrando a declarar en un juzgado.
Pero quizá ninguna historia ilustra mejor la naturaleza profunda del ecosistema almeriense que la del empresario hotelero Miguel Rifá. Su caso no es solo un fraude monumental: es la prueba de cómo se convivía con la corrupción como si fuera parte del paisaje. En noviembre de 2023, la Audiencia Provincial lo condenó a 22 años y cinco meses de prisión por defraudar más de 88,3 millones de euros a Hacienda mediante un entramado cuidadosamente tejido de sociedades en Portugal, Reino Unido y territorios offshore. Durante años gobernó su imperio con absoluta tranquilidad y el aplauso social y político de lo mejor de Almería, mientras en la entrada principal del Gran Hotel Almería recibía con especial efusividad a dirigentes nacionales del PP de visita oficial en la capital. La foto de Mariano Rajoy firmando en el libro de honor del emblemático hotel junto a Rifá permanece como una postal incómoda de aquellos tiempos. Una imagen que por sí misma resume la naturalidad con la que convivían el poder político y el económico en esta tierra. Lo que cada uno tuviese en los juzgados o en la Agencia Tributaria poco importaba para mantener el estatus y hacerse la foto con el Aldama o la Leire de turno.
efusividad a dirigentes nacionales del PP de visita oficial en la capital. La foto de Mariano Rajoy firmando en el libro de honor del emblemático hotel junto a Rifá permanece como una postal incómoda de aquellos tiempos. Una imagen que por sí misma resume la naturalidad con la que convivían el poder político y el económico en esta tierra. Lo que cada uno tuviese en los juzgados o en la Agencia Tributaria poco importaba para mantener el estatus y hacerse la foto con el Aldama o la Leire de turno.
Así funcionaba Almería: lo que parece anecdótico nunca lo es. Todo forma parte de una misma línea temporal donde las piezas van encajando. Y lo que irrumpe ahora —el caso de las mascarillas, el PP pringado con los contratos de emergencia, las comisiones disfrazadas, las sociedades pantalla— solo puede entenderse pasando revista a esa línea entera desde el principio.
Porque, a diferencia de otras provincias, en Almería la corrupción no ha sido episódica, sino estructural. No ha sido un desvío, sino un camino. Y quien quiera comprender lo que está ocurriendo ahora debe mirar hacia atrás, a aquello que algunos intentaron archivar también en la memoria colectiva: la Operación Poniente, la guerra civil interna del PP, los pactos vergonzantes en la Diputación, el silencioso hundimiento del PSOE tras el Algarrobico, sus pactos con el PAL y la consolidación de un sistema donde nada grave parecía ocurrir porque nada grave parecía investigarse.
El llamado Caso Hispano Almería S.A. (HALSA) ha sido uno de los más escandalosos, y eso que para empezar la Justicia tuvo en sus manos ¡los recibos originales firmados! de las mordidas que la constructora de cabecera del PP de Gabriel Amat le pagaba mayoritariamente a gente del partido, especialmente en tiempos de campañas municipales. ¿Financiación irregular? Nunca se investigó. También se escaparon propinas a otros ayuntamientos como Vícar o Níjar, socialistas, pero comparado con lo que se llevaban los del PP era calderilla. Todo estalla hoy, pero como se adivina, todo comenzó mucho antes.
Almería ha sido laboratorio político, fortín de poder de la derecha, búnker judicial y rampa para muchos jueces a tribunales superiores, territorio de experimentación para un modelo de control que fue perfeccionándose con cada crisis interna. Por eso la caída actual no se entiende como caída: es simplemente el punto en el que el sistema se ha visto obligado a mostrar su verdadero rostro. No es un final. Es la continuación natural de un proceso que empezó hace décadas. Gatopardismo en estado puro donde todo cambia para que todo siga igual.
Y de eso va esta serie de seis entregas: de reconstruir la memoria completa para que nadie pueda decir que no sabía. De explicar por qué una provincia aparentemente tranquila ha sido, en realidad, el corazón oculto de algunas de las tramas más complejas y pestilentes del sur de España. Sin olvidar el famoso Caso Tres Reyes, sí de película, pero de las cutres y baratas. La cosa va de contar, con calma y sin fobias, cómo se formó esta tormenta perfecta que ocupa telediarios desde hace dias en España.
Lo de ahora es importante, sí. Pero lo que importa de verdad es lo que está debajo.
León XIV está de visita en Estambul, recibido como jefe del Estado del Vaticano (centro de poder diplomático y de influencia humana) por Erdogan, impulsor en Turquía de un estado islámico efectivo, y está mañana de sábado ha ido a la Mezquita Azul así llamada por los azulejos de İznik (la antigua Nicea) que recubren su interior. Se descalzó al entrar en el templo del islam. Le preguntó el imán si quería rezar; respondió que no. “Prefiero visitar la mezquita, sentir el ambiente”. Este pontífice católico, sabe con Tomas de Aquino en su Summa contra gentiles, I, 30. 4 que “no podemos comprender lo que es Dios, sino solamente lo que no es y en que relación se encuentran las otras cosas con él”. Y vive con Agustín de Hipona que “si comprehendis non es Deus”, y ha preferido el silencia a las palabras vanas y políticamente correctas. Hoy domingo celebrará la misa en un pabellón deportivo con los tres mil católicos que viven en un pais con 85.664.944 habitantes. Ajrl
El primer proyecto de creación de un Estado palestino ubicado en Transjordania fue concebido y propuesto por un abogado, poeta y novelista judío, llamado Jacob Israel Haan que también fue el primer asesinado en el actual Israel por un miembro de la Haganá, una organización paramilitar judía. El asesinato se cometió en 1924. Sepamos que Estados Unidos llevó a cabo 41 cambios de regímenes políticos en países de América del Sur durante el siglo XX. Nicaragua es el país más afectado con 6 intervenciones entre 1910 y 1990. Conviene recordar a las huestes de Abascal, a las de Nuñez y al pelotón de Puigdemont, el Congreso que Amonfáteno, durante el cerco de Mardonio, primo de Jerjes, a espartanos y griegos, en Platea y los valles cercanos al monte Citerón, se ofreció a resistir con sus soldados, mientras los hoplitas se trasladaban a los pasos altos de ese monte. Los persas de Jerjes fueron derrotados y se impidió su entrada en Europa. También vale como recuerdo a Putin y Trump.Ajrl
Mientras la izquierda no asuma que el PSOE es el poli bueno del sistema, no habrá superación del este régimen del 78, el de los desahucios, las SICAVS, la corrupción, la jefatura del Estado no electa, vitalicia y hereditaria; la nula separación de poderes, la imposibilidad de elegir al presidente en elecciones directas, o las altas tasas de pobreza (la infantil, según la UNICEF, ha superado el 29%).
Frente al PSOE, sostener que es el mal menor ante el PP o VOX, aun siendo cierto, es renunciar a crear una izquierda que, mediante un proceso constituyente, diseñe un modelo democrático en lo político y social en lo económico (es decir, una revolución). La izquierda (y aquí excluyo al PSOE, luego explicaré por qué) debe ser más lúcida al respecto y, tirando de hemeroteca y de pensamiento crítico, llegar a la necesaria conclusión de que el PSOE es el poli bueno que trabaja junto a los polis malos (PP y Vox) para el mismo comisario de policía (la élite del poder empresarial y del financiero), con una misión muy clara: desactivar a las izquierdas aparentado serlo.
Hay que asumir la realidad con valentía tal cual es: el PSOE tiene la función de desactivar a las izquierdas, como hizo con el PCE, con IU, con Podemos y con Sumar; bien por competencia bien por absorción. Si el PP son los huevos con patatas, el PSOE son las patatas con huevos y con alguna ensaladillita adicional para justificar su supuesto izquierdismo.
Así, Podemos fue desactivado cuando Pablo Iglesias accedió al gobierno con el PSOE, y Sumar cuando Yolanda Díaz hizo lo propio. Ahora que Pedro Sánchez está en la picota por presuntos casos de corrupción, Díaz es terriblemente ingenua al pedirle un giro social, o Rufián cuando ayuda a sostener al presidente, tal vez por miedo a la derecha o a la ultraderecha.
Ese es el juego del comisario: lograr que el caco acepte un pacto con el poli bueno por miedo al poli malo. Sin embargo, ¿tan difícil es ver que ambos polis trabajan para el mismo comisario? Porque quien lo ha querido ver lo ha visto. No es el caso de Iglesias, de Díaz, de Monedero ni de Rufián.
El PSOE: un poco de historia
Fundado por Pablo Iglesias en 1879, fue el partido obrero y marxista por antonomasia, si bien no obtuvo su primer diputado hasta 1910, gracias a la integración del PSOE en la Conjunción Republicano-Socialista. Tuvo a lo largo de su historia credenciales de partido revolucionario: su participación en la huelga general revolucionaria de 1917, lo que le costó sendas condenas a cadena perpetua a Besteiro y a Largo Caballero; las leyes sociales de este último durante la presidencia de Azaña, moderadas y pragmáticas pero tendentes a la necesaria redistribución de la riqueza (reforma agraria, creación de miles de escuelas, legislación laboral a favor de los trabajadores…), que la derecha eliminó cuando accedió al poder en 1933; o la participación de la revolución de Asturias en 1934.
Sin embargo, en su contra presenta numerosos episodios que revelan que fue, de modo progresivo, un agente del sistema fingiendo luchar contra el mismo. He aquí numerosos episodios:
– La colaboración con la dictadura de Primo de Rivera, mientras el anarquismo era reprimido. Cierto que el dictador, corrupto y represor por lo demás, creó una legislación social avanzada pero, en todo caso, prueba de la función de poli bueno (Largo Caballero llegó a ser Consejero de Estado) fue la intención de Primo de Rivera de crear un bipartidismo entre la Unión Patriótica y el PSOE.
– Durante el franquismo, mientras la oposición interna real la protagonizaron comunistas y anarquistas (con la consecuente represión), el PSOE se mantuvo en el exilio, sin correr riesgos, pero perdiendo su vínculo real con las luchas antifranquistas del interior.
– Según sostiene el historiador Ricardo de la Cierva, poco sospechoso de veleidades izquierdistas, en los años 50, el Departamento de Estado de EEUU apostó por utilizar al PSOE para presentarlo, previa domesticación, como la gran alternativa de izquierda, para desgastar al PCE (que era la izquierda real) en la suposición de que tras una dictadura de derechas, los españoles optarían por un gobierno de izquierdas.
– Afirma Luis Capilla en su obra La Comisión Trilateral: el gobierno del mundo en la sombra que la Trilateral apostó, ya en los años 70, por un PSOE domesticado frente a un PCE rebelde.
– En ese contexto, en 1974 Felipe González se hace con el aparato del partido en Suresnes, para en 1979, en el Congreso Extraordinario del PSOE, ya de modo explícito renunciar al marxismo, todo ello dirigido por los servicios secretos creados por Carrero Blanco, según sostiene Carlos Menéndez de Alba en su libro El secuestro del Partido Socialista por el felipismo.
– Durante el gobierno de Felipe González, si bien es cierto que se tomaron excelentes medidas sociales (como la universalización de la Seguridad Social), se llevó a cabo toda una batería de políticas económicas tendentes a la derecha y al neoliberalismo, así como otras de naturaleza represiva: la creación de las SICAVS (argucia legal para que las grandes fortunas no tributen), la Ley Corcuera, el GAL, la Operación Mengele (secuestro y tortura de mendigos para experimentar con ellos drogas a aplicar a etarras), las privatizaciones (Gas Natural, Telefónica, Endesa…), los contratos basura, los conciertos con la escuela privada, o la entrada definitiva en la OTAN tras proponer lo contrario. Y un largo etcétera.
– El gobierno de Zapatero, junto con algunas políticas sociales positivas (bodas de homosexuales, regularización de cerca de un millón de inmigrantes irregulares, ley de dependencia…), protagonizó en 2011 una reforma constitucional en la Parlamento casi sin debate, a la prisa, con la opinión pública desactivada por las vacaciones de verano, y en plena crisis económica y social; reforma constitucional con la que pasaba a anteponer el pago de la deuda externa contraída con Europa en detrimento de la cobertura social de una ciudadanía precarizada (demostrando gobernar para unos mercados que no le votaron). Asimismo, no hizo prácticamente nada frente al drama de los desahucios: 600 desahucios diarios durante un lustro, lo que pudo provocar unos 3.000 suicidios, demostrando de nuevo gobernar para el sector financiero e inmobiliario, y no para la gente de la calle.
– El gobierno de Sánchez, junto con buenas medidas sociales (subida del Salario Mínimo Interprofesional, creación del Ingreso Mínimo Vital, legalización de la eutanasia, ley de Memoria Histórica…), no ha afrontado el problema de los desahucios, o la estafa legal de los SICAVS, ni el problema de la vivienda. Y su política internacional es de vergüenza (traición al pueblo saharaui, seguidismo visceral anti-ruso junto a Biden y a la UE, tibieza ante el genocidio de Palestina, apoyo al golpismo venezolano de González y Machado…).
¿De verdad que al PSOE se le puede calificar de izquierda? Este artículo pretende invitar a sus votantes a aplicar el pensamiento crítico para, llegado el caso, dejar de votarlo a favor de una opción de izquierdas.
La estrategia del PSOE como poli bueno
Es muy sencilla: poner cara de izquierdista para desactivar a las izquierdas por absorción. Como el profesor que se gana al rebelde de la clase, desactivándolo como el elemento disruptivo que fastidia dicha clase, a cambio de darle dos palmaditas, alabarlo en público y brindarle alguna concesión (abrir y cerrar la puerta, reírle alguna gracia…) para evitar que transforme dicha clase.
Así desactivó primero al Podemos de Pablo Iglesias y luego al Sumar de Yolanda Díaz. Podemos fue la concreción organizativa de la energía de las plazas del 15-M (que, recuérdese, era tan anti-PP como anti-PSOE, y en buena medida pretendía un proceso constituyente –única salida de este régimen-). El primer Podemos logró la campanada de obtener 5 eurodiputados, llegando puntualmente a ser el primero en la intención de voto para las generales.
Ahora bien, el sistema hizo su trabajo: el linchamiento mediático y el lawfare (reconocido por el propio Luis María Anson, que no es precisamente de Podemos) lograron erosionar esta opción. Frente a esta erosión, Podemos tomó la opción (letal) de ocupar un gobierno de coalición junto con el PSOE. Así, a cambio de pequeñas concesiones (en materia de feminismo, identidad sexual, salario mínimo, prestaciones sociales, eutanasia…) el sistema logró que no se tocaran los elementos medulares del poder oligárquico (las SICAVS, los desahucios, la monarquía, la nula separación de poderes, la lucha frontal contra la desigualdad, la pobreza y la precariedad). Y quien lo quiso ver, lo vio.
En su momento, se habló de darle el sorpasso al PSOE. Hoy el PSOE está en el gobierno, el bipartidismo ha vuelto, Podemos es una anécdota parlamentaria y Sumar es un apéndice marginal del PSOE. A estas alturas, es más serio creer en Santa Claus que en la posibilidad de forzar a realizar pactos de políticas de izquierda a un aparato de la potencia del PSOE, solo porque una organización de izquierdas, sin gran poder electoral, político y mediático crea –terrible ingenuidad- que puede forzarle a ello.
La tesis del PSOE como el mal menor
“Peor sería un gobierno del PP”. Esa es la consigna argumentativa, falaz por lo demás. Si el PSOE no es tan malo porque universalizó la Seguridad Social y amplió algunos derechos sociales, también es cierto que el PP acabó con el servicio militar obligatorio, o que sus medidas macroeconómicas permitieron la prosperidad y modernización que beneficiaron a la ciudadanía, y que se aplicaron algunas medidas sociales como el mantenimiento de las pensiones y de la inversión social. No obstante, también el franquismo erradicó la miseria como fenómeno masivo, amplió ostensiblemente la Seguridad Social y creó el Plan Nacional de Vivienda. Y no por ello Franco dejó de ser un mal mayor para pasar a ser un mal menor.
Ahora bien, ¿no es cierto que el PSOE es un mal menor con respecto al PP? Cierto que sí, pero la diferencia entre uno y otro es mínima, mientras que la diferencia entre ellos y unas políticas reales de izquierdas es muy grande. Y en última instancia, el debate (aún inédito) es: ¿debemos transitar el gran trecho que nos lleva hacia unas políticas reales de izquierdas (esto es, tendente a eliminar la desigualdad y la pobreza)? O, ¿debemos resignarnos a los estrechos márgenes de un sistema que todo lo más ofrece son algunas concesiones mediante el PSOE, a la vez que disuelve a las izquierdas bien por competencia (PCE, IU) bien por absorción (Podemos, Sumar)? Esta es la clave, la pregunta que la izquierda se debiera hacer y no se hace.
Por tanto, si basamos nuestra lucha en mantenernos dentro de los márgenes estrechos del sistema jugando a obtener concesiones, renunciaremos a elementos necesarios tales como eliminar la figura de los SICAVS (lo que desbloquearía unos recursos ingentes de cara a la inversión social), el drama de los desahucios, la separación efectiva de poderes, la elección directa del presidente y del jefe del Estado, el aumento de las prestaciones sociales y el de políticas de empleo.
Otro factor es el auge de las extremas derechas. Ante ello, la pregunta legítima es: ¿romper con el PSOE no daría alas a la ultraderecha? Esta pregunta queda reforzada por el precedente histórico: el anarquismo no se sumó en 1931 a unas fuerzas republicanas desunidas que, tarde y mal, sí se unieron en 1936, ya con la presencia anarquista, frente a un fascismo al que no se pudo o no se supo prevenir con anterioridad.
Lo cierto es que, si se analiza con rigurosidad, la ultraderecha no cometerá ningún desmán que el tándem PP-PSOE no haya cometido: terrorismo de Estado (el GAL), masacres (matanza de Vitoria, el Tarajal), torturas (Intxaurrondo), apoyo a golpistas (Corina Machado) y a guerras imperialistas (Afganistán e Irak), asesinato de mendigos (caso Mengele)… Por gritar que viene el lobo no nos damos cuenta de que ya dentro tenemos algunos lobos.
Pero aun así, ¿no es la ultraderecha un peligro a combatir? Cierto, y estas ultraderechas (Milei, Meloni, Trump, Bolsonaro…) son temibles. Ahora, según apunta Viçens Navarro en su obra El subdesarrollo social de España, el auge de las derechas se debe precisamente al abandono de los programas de izquierdas reales por parte de organizaciones consideradas de izquierdas, y el autor se refiere explícitamente a las terceras vías europeas.
Por ello, se deduce que el auge de las ultraderechas en España se debe a que el PSOE ha abandonado a la clase trabajadora (volvemos a mencionar los desahucios o la gran precariedad, a cambio de concesiones insuficientes), a la vez que ha desactivado las opciones de izquierda.
Y en el ejemplo de la república, el problema no fue la desafección del anarquismo y la división de las izquierdas, sino la excesiva moderación de las políticas sociales (la reforma agraria fue lenta e insuficiente, por aplicarse mediante justiprecio; de haber sido confiscatoria y eficaz, la clase trabajadora tal vez no hubiese votado derecha en 1933). Por ello el gobierno perdió a una masa campesina y obrera que, decepcionada, se radicalizó, aumentando una desestabilización que culminó en la guerra civil.
Por tanto, hoy día, el mejor modo de prevenir a la extrema derecha es crear organizaciones de izquierda para tejer una alternativa que no se deje domesticar o desactivar por el PSOE, que es el agente sistémico al respecto, y no provocar un desencanto de la clase trabajadora de la que se aproveche la ultraderecha.
¿Qué alternativa hay para las fuerzas de izquierda?
Sencillamente, tejer una confluencia de izquierda (y digo de izquierda, la exclusión del PSOE es una obviedad por lo mismo que lo es la del PP), acumular fuerzas y esperar de modo activo e inteligente el próximo estallido social (la volatilidad de la economía mundial, así como el ambiente bélico y el cambio climático sugieren que tal estallido no está lejano), el cual deseamos que sea pacífico.
Para ello, la presencia en las instituciones debe utilizarse no para gestionar ni gobernar, sino para debelar el carácter falaz del sistema (nula separación de poderes, imposibilidad de elegir ni al presidente ni al Jefe del Estado, los desahucios, las SICAVS…), y mostrarnos de algún modo como la conciencia crítica contra el sistema (para lo cual se debe ser éticamente ejemplares, como ciertamente lo ha venido siendo Podemos, salvo episodios marginales).
Será necesario toda una escuadra mediática interdimensional (periodistas, medios alternativos, youtubers…), por una parte para visibilizar nuestra lucha, y por otra para la defensa frente al linchamiento mediático y al lawfare (a día de hoy elementos básicos para desactivar propuestas revolucionarias). Podemos, que lo ha sufrido en sus carnes, sabe lo importante que es esto.
¿Que es improbable que esto llegue a buen puerto? Cierto. Pero pretender llegar a buen puerto pretendiendo contar con el PSOE es imposible. Cuatro precedentes históricos avalan esta afirmación (el PCE con la Platajunta, IU con el anguitiano “programa, programa, programa”, Podemos con Pablo Iglesias de vicepresidente del gobierno del PSOE, y Yolanda Díaz igualmente como vicepresidenta segunda del mismo gobierno de coalición).
De este modo, si cuando llegue el próximo movimiento social, y este ve que nuestra confluencia es útil de cara al cambio, no habrá que dudarlo: con la calle a favor, propondremos la apertura de un proceso constituyente. Para ello, hay buenos expertos que conocen el tecnicismo jurídico para que el poder constituido se transforme en poder constituyente de facto (Viciano, Rodríguez Dalmau, Pissarello…) de cara a crear una hoja de ruta hacia una nueva constitución que, elaborada de modo participativo, dé poder real a la ciudadanía, y someta a la élite empresarial al imperio de la ley, mediante una real progresividad fiscal que, a partir del principio de la función social de la propiedad, pague impuestos proporcionalmente según su capacidad. Solo esto liberaría una ingente cantidad de recursos para políticas sociales, de vivienda o de empleo, que permitirá minimizar la desigualdad, la pobreza y la precariedad; lo cual no se ha hecho, no por falta de medios sino de voluntad política.
Conclusión
Debe quedar claro, la historia así lo avala, que el PSOE es parte del problema. Pretender pactar con él para redistribuir la riqueza sería como si Gandhi pactara con Hitler para imponer la no violencia. Un somero repaso a la historia, y un poquillo de reflexión crítica nos llevará necesariamente a asumir lo que ha sido el gran error de la izquierda: pensar que se podía contar con el PSOE. Aunque solo sea porque es físicamente imposible que un ratoncillo se pueda comer a un elefante.
Ahora, bien, lo que sí es posible es que ese elefante sea neutralizado por todo un enjambre de abejas. Abejas que deben estar coordinadas, convencidas, activadas y entusiasmadas. Se dice que Nietzsche dijo que “a quien tiene un qué la vida le enviará un cómo”. Y Thoreau que “si uno avanza con confianza en la dirección de sus sueños, y se esfuerza por vivir la vida que ha imaginado, se encontrará con un éxito inesperado en horas comunes”. Esas mismas de las que Silvio Rodríguez decía que “debes amar la hora que nunca brilla […], y si no, no pretendas tocar lo cierto”, porque con Facundo Cabral sabemos que “ayer soñé que podía, y hoy puedo”.